La muestra es la segunda de una serie que conforma el ciclo llamado “Lo bello natural”, organizado por la periodista Verónica Molas, y se lleva a cabo en la Sala de Exposiciones de la universidad.
Las cuatro muestras que componen este ciclo, toman la naturaleza como modelo artístico. La primera se llamó “Elementales Formas”, y estuvo orientada a la mirada detallista de un paisaje natural.
Esta segunda entrega abre el camino hacia el bosque y a sus múltiples y sutiles lecturas. Cuatro miradas capturan la luz, el deseo, el misterio y la vibración de la profundidad boscosa. Las miradas pertenecen a las artistas Luciana Martínez, Paula Soruco, Eugenia Guevara y Maina Cordero.
La obra de Luciana Martínez, denominada “Cuerpos transformados”, consiste en pinturas y objetos que recrean atmósferas y reviven su recuerdo. En este proceso aparecen elementos inútiles, de descarte, incluso su propio cabello. La artista busca restaurar un “entorno de descanso”; las figuras se mimetizan con el paisaje, con sus colores, texturas, matices, líneas, formas y volúmenes. Su obra está exhibida junto con las fotografías de Paula Soruco en la sala de exposiciones.
Paula llamó a su serie fotográfica “Paradise”. En la misma, tres mujeres visitan un bosque-pantano: la modelo, la asistente y la fotógrafa. Las tres habitan por un instante ese lugar ligado a los rituales del habla, los cuentos, la historia, los mitos, los símbolos, donde la conciencia se altera. Estas fotos nacieron de una serie de poemas donde aparecen configuraciones orgánicas asociadas a urdimbres, follaje, aborberscencias, árboles, ramajes, ríos y afluentes, configuraciones líquidas de la misma figura, mapas de venas en el cuerpo, nudos en el pelo. Las imágenes están ligadas a la experiencia femenina y la infancia. “Nada ni nadie entra en un bosque sin dejarse transformar por millones de roces, verdes y sus hojas, tallos, luces cruzadas, sombras por donde de pronto corre un rayo de luz perfecto”, escribe la artista.
En la penumbra de este rincón, diminutas casitas irradian luces entre las ramas de árboles secos, muertos; mientras una maquinaria visual alude al misterio a través de un juego de veladuras y transparencias, de sensaciones ambiguas. Esta es la instalación de Eugenia Guevara, quien pone filtros a la percepción y deja entrever que la oscuridad puede ser a veces no tan oscura.
Al lado, en otro sector del subsuelo, Maina Cordero exhibe “Pida un deseo, desee”: un bosque de panadero (pampa de semillas que resulta de la flor del diente de león) que se reflejan en el suelo como metáforas del deseo, perteneciente al cielo y a la tierra. La artista impulsa, invita a asomarse y actualizar un acto íntimo, privado: soplar los algodoncitos , exhalando un pedido. La artista crea un pequeño bosque para aquellos que en algún momento dejaron de desear, como un espacio ritual posible.











